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Cuando pensamos en soltar, casi siempre pensamos en personas.
En quienes ya no están.
En relaciones que terminaron.
En pérdidas que marcaron nuestra vida.
Pero existe otro tipo de despedida mucho más silenciosa y, quizá, mucho más difícil.
La de despedirnos de nuestras propias certezas.
A lo largo de la vida cambiamos.
Maduramos.
Descubrimos que aquello que defendíamos con absoluta convicción hace diez, veinte o treinta años, hoy ya no encaja con la persona en la que nos hemos convertido.
Y eso no debería avergonzarnos.
Debería alegrarnos.
Porque significa que seguimos aprendiendo.
Durante muchos años sentí una enorme curiosidad por el mundo espiritual. Leí, escuché, investigué y me acerqué con la ilusión de quien busca respuestas a preguntas que la ciencia todavía no alcanza a explicar del todo.
No me arrepiento de ese camino.
Al contrario.
Me enseñó mucho.
Pero también me enseñó algo que considero igual de valioso: a desarrollar un espíritu crítico.
Con el tiempo descubrí que, junto a personas honestas y estudios profundos, también existen quienes convierten la necesidad de los demás en un negocio. Promesas extraordinarias, terapias milagrosas, fórmulas capaces de sanar el alma en unas pocas sesiones... siempre, por supuesto, a cambio de cantidades de dinero difíciles de justificar.
Y comprendí que la espiritualidad no debería pedirnos que dejemos de pensar.
La verdadera búsqueda no consiste en creer cualquier cosa.
Consiste en mantener la mente abierta sin renunciar al discernimiento.
Hoy sigo interesándome por esos mismos temas.
Quizá incluso más que antes.
Pero lo hago desde otro lugar.
Con menos necesidad de encontrar respuestas rápidas y con más deseo de comprender.
Prefiero estudiar aquello que ha permanecido durante siglos antes que dejarme seducir por cualquier teoría recién nacida que se presenta como la verdad definitiva.
No porque lo antiguo sea siempre cierto, sino porque el tiempo tiene una forma muy particular de poner a prueba las ideas.
También he aprendido que crecer implica aceptar que muchas de nuestras opiniones cambiarán.
Y eso no es una contradicción.
Es evolución.
No somos la misma persona que fuimos a los veinte años.
Ni deberíamos aspirar a serlo.
Cada experiencia, cada pérdida, cada error y cada alegría van moldeando una nueva manera de mirar el mundo.
Incluso el envejecimiento, que tantas veces rechazamos, forma parte de ese aprendizaje.
Cada arruga habla del tiempo vivido.
Cada cana recuerda una historia.
Cada etapa nos invita a descubrir una versión diferente de nosotros mismos.
Quizá la vida no nos pide que nos aferremos a una identidad fija.
Quizá nos pide exactamente lo contrario.
Que tengamos el valor de soltar incluso aquello que creíamos que nos definía.
Porque solo quien es capaz de cuestionarse puede seguir creciendo.
Y quizá esa sea una de las formas más bonitas de libertad: permitirnos cambiar de opinión, aprender algo nuevo y reconocer, con humildad, que todavía nos queda mucho por descubrir.
Soltar también es eso.
Dejar atrás una vieja manera de pensar para hacer espacio a una comprensión más amplia, más serena y más consciente.
Porque vivir no consiste en acumular certezas.
Consiste en aprender, una y otra vez, a mirar el mundo con ojos nuevos. 🩵