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Hay algo profundamente humano —y profundamente incómodo— en la facilidad con la que vemos en el otro lo que no estamos dispuestos a mirar en nosotros.
Nos molesta la falta de implicación ajena, pero pocas veces nos detenemos a revisar dónde estamos nosotros evitando, esquivando o simplemente no estando. Señalamos la ausencia del otro, su incapacidad, su torpeza emocional… mientras pasamos por alto nuestros propios límites mal puestos, nuestras ayudas a destiempo o nuestras expectativas no expresadas.
Queremos que el otro cambie, que reaccione, que esté a la altura de lo que sentimos que merecemos. Pero rara vez nos preguntamos si hemos sido claros, si hemos pedido desde un lugar honesto o si, en el fondo, esperábamos que el otro adivinara lo que ni siquiera nosotros hemos sabido sostener.
No aceptamos bien los límites cuando vienen de fuera. Nos incomodan, nos parecen injustos, incluso hirientes. Pero tampoco sabemos ponerlos sin culpa cuando nacen dentro. Y en ese desajuste, en ese tira y afloja invisible, se desgastan los vínculos.
A veces ayudamos cuando no nos lo han pedido. A veces no ayudamos cuando sería necesario. Y, en ambos casos, hay algo que no está siendo mirado: la propia conciencia.
Porque ayudar no siempre es dar. Y estar no siempre es intervenir.
Y quizá la pregunta no sea qué hace el otro o qué deja de hacer, sino desde dónde estamos nosotros cuando damos, cuando callamos, cuando esperamos.
Hay un punto de inflexión silencioso en el que uno deja de mirar fuera para empezar a hacerse cargo dentro. No es cómodo. No es rápido. Pero es honesto.
Y desde ahí, curiosamente, ya no se trata tanto de cambiar al otro.
Se trata de comprendernos lo suficiente como para dejar de exigir desde la carencia… y empezar a vincularnos desde la responsabilidad.