Esta web utiliza cookies para mejorar la experiencia. Al continuar navegando, aceptas su uso.
Hay algo que me ronda desde hace tiempo.
Veo cómo algunas personas avanzan, crecen, consiguen cosas, y en ese proceso parece que algo dentro de ellas se va quedando atrás. No hablo de lo material, ni del éxito en sí. Hablo de algo más silencioso, más difícil de nombrar.
La humildad.
No la humildad entendida como hacerse pequeño, sino como la capacidad de no olvidarse de quién se ha sido, de cómo se ha llegado hasta ahí, de lo que realmente importa cuando nadie está mirando.
Hay una diferencia muy sutil entre evolucionar y alejarse de uno mismo. Entre brillar y deslumbrar. Entre compartir y exhibir.
Y a veces, sin darnos cuenta, cruzamos esa línea.
La vida puede mejorar, sí. Y ojalá lo haga. Pero hay partes de nosotros que no deberían cambiar con las circunstancias: la forma de mirar a los demás, la manera de estar, el respeto, la sencillez.
Porque cuando todo eso se pierde, aunque por fuera parezca que todo va bien, por dentro algo se ha desplazado.
Y eso, con el tiempo, se nota.
No en lo que se tiene.
Sino en lo que ya no está.
Crecer no debería significar endurecerse.
Ni llenarse de ruido.
Ni necesitar demostrar constantemente.
Crecer, quizá, sea todo lo contrario.
Seguir siendo.
Pero con más conciencia.