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A veces vuelven.
No en forma de recuerdo, sino de presencia.
Aparecen en sueños con una naturalidad que desarma: hablan, miran, incluso sonríen como si nada hubiera cambiado. Y en ese instante, algo dentro de nosotros se detiene. No pensamos “está muerto”. Pensamos: está aquí.
Soñar con quienes ya no están no siempre es nostalgia. Tampoco es necesariamente un mensaje. Es, muchas veces, una forma profunda que tiene la mente —o quizá algo más que la mente— de seguir integrando lo que no terminó de comprenderse, de decir lo que no se dijo, o de sentir sin la interrupción de la lógica.
Hay sueños que reconcilian.
Otros remueven.
Algunos dejan una paz difícil de explicar.
No todos significan lo mismo, porque no todas las despedidas fueron iguales.
A veces soñamos con ellos porque seguimos necesitándolos.
Otras, porque estamos aprendiendo a soltarlos sin dejar de amar.
Y en ocasiones, porque una parte de nosotros también murió con ellos… y está intentando reorganizarse.
Lo curioso es que estos sueños no suelen ser caóticos. Tienen una cualidad distinta, casi silenciosa, como si ocurrieran en otro ritmo. Hay una claridad emocional que no siempre encontramos despiertos.
Y al despertar, queda algo.
No es exactamente tristeza.
No es exactamente consuelo.
Es más bien una sensación de haber estado en un lugar donde el tiempo no pesa igual.
Quizá no se trate de entenderlos del todo.
Quizá se trate de permitirlos.
De no apresurarse a interpretarlos ni a negarlos. De sentir lo que traen, sin forzarlo a tener un significado cerrado.
Porque, en el fondo, soñar con quienes ya no están es otra forma de vínculo.
Una forma distinta, más sutil… pero no por ello menos real.
Y tal vez ahí esté lo importante:
no en si “vienen” o “no vienen”,
sino en lo que ese encuentro despierta en nosotros.
Porque hay amores que no desaparecen.
Solo cambian de lugar.