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Hubo un tiempo en el que pensaba que las emociones eran una sentencia. Si un día me despertaba triste, creía que esa tristeza había venido para quedarse. Si tenía miedo, imaginaba que siempre viviría con él. Si algo me hacía daño, sentía que esa herida definiría mi historia.
Con los años descubrí algo diferente.
Las emociones son visitantes. Llegan, se sientan a nuestro lado durante un rato y, cuando han cumplido su función, se marchan.
La tristeza no siempre viene a destruirnos. A veces llega para obligarnos a detenernos, para enseñarnos que algo necesita ser visto, llorado o despedido. El miedo puede estar intentando protegernos. La rabia puede señalar un límite que llevamos demasiado tiempo permitiendo que otros crucen.
Pero ninguna de ellas somos nosotros.
El problema aparece cuando nos aferramos a una emoción como si fuera nuestra identidad o luchamos desesperadamente para que desaparezca. Entonces el dolor se alarga.
He aprendido que, cuando dejo espacio a lo que siento sin pelearme con ello, ocurre algo casi mágico: la emoción cambia. Se transforma. Se disuelve. Y deja sitio a otra.
Porque así es la vida.
Nada permanece igual para siempre. Ni las alegrías más intensas, ni las pérdidas más profundas, ni las noches que parecen eternas.
Todo está en movimiento.
Somos como el cielo, y las emociones son las nubes que lo atraviesan. Algunas son ligeras y blancas. Otras llegan cargadas de tormenta. Pero el cielo nunca deja de estar ahí.
Quizá por eso la verdadera paz no consiste en no sentir tristeza, miedo o incertidumbre. Consiste en recordar, incluso en los momentos más difíciles, que todo eso también pasará.
Y cuando pasa, casi siempre deja un regalo: una comprensión nueva, una versión más sabia de nosotros mismos o la certeza de que somos mucho más fuertes de lo que imaginábamos.
Hoy ya no intento escapar de mis emociones.
Las escucho.
Las abrazo.
Les doy las gracias por lo que vienen a enseñarme.
Y, cuando llega el momento, las dejo marchar.
Porque sé que la vida, como el mar, nunca deja de moverse. Y precisamente en esa impermanencia reside una de sus mayores bellezas. 🩷